Tú siempre me reprochabas mi impaciencia de adolescente, como si creyera que el mundo se acabara tras cada pequeño fracaso, y me dabas consejos prudentes que yo no quería escuchar. Tratabas de convencerme de que la calma es siempre la mejor forma de afrontar los problemas y que las soluciones llegan siempre sin forzarlas. Domesticabas mi prisa salvaje, consolabas mi rabia, me asegurabas que lo mejor era no hacer nada, tan solo respirar hondo, mirar al horizonte y confiar en el destino. Después de mucho meditarlo, acabé haciéndote caso, en contra de mis propios sentimientos, y ¿sabes qué?, al final tengo que darte la razón, el tiempo puso todo en su sitio, justo aquel en el que no queríamos estar.

El tiempo lo cura todo.
ResponderEliminarQue triste. Soló con respirar y esperar no basta. Eso te lleva a donde no quieres estar, eso si más tranquilo. Lo que te da tiempo para pensar que es lo que quieres y tomar decisiones para salir del sitio en el que no quieres estar.
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