Estás ahí, intentando superar la apatía en que la rutina te envuelve y de nuevo te planteas la posibilidad de hacer aquello que llevas meditando mucho tiempo. Valoras pros y contras, calculas con precisión tus probabilidades e imaginas todo lo que conseguirías si por una vez acertases. Pero enseguida te asaltan las dudas y tu mente se llena de las imágenes familiares del fracaso aconsejándote la prudencia como método, pues aún no te atreves a llamarlo cobardía. Porque hay cosas que no han sucedido y me duele solo pensarlas. Se presentan ante mí como pesadillas que me zarandean de repente, provocándome taquicardia, sudor y rabia, por lo que siempre acabo descartando intentar cualquier cosa diferente, por insignificante que parezca, y decido dejar que el tiempo adormezca al deseo y calme mis urgencias. Aventuro el peligro y prefiero no hacerlo, esperar en silencio que pase lo que tenga que pasar, como si no hubiera otra alternativa, para evitar así todo riesgo, conformarme, resignarme, callar, tragarme uno a uno todos mis lamentos. Pero, no sé por qué, últimamente tengo la extraña convicción de que, casi siempre, lo más arriesgado es no hacerlo.

Recuerdo los versos de "L'infinito" de Leopardi, es quizá por la mirada de la muchacha que desde la ventana contempla un paisaje indefinido, un paisaje mental.
ResponderEliminarSaludos.