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sábado, mayo 09, 2020
No me va ser fácil cambiar de fase. Todo cambio es traumático. Nunca sabes si será a mejor o a peor. En este confinamiento he atravesado por fases muy diversas, desde el entusiasmo a la desesperación y vuelta atrás, pasando bruscamente de unas a otras, lo que me dejaba exhausto, sacudiendo sin piedad mis emociones. Hay momentos en los que pienso que preferiría permanecer más tiempo en la fase actual, a la que he terminado por acomodarme de un modo natural. Valoras las ventajas e inconvenientes y no lo ves claro, dudas qué es lo mejor para ti, si arriesgarte a entrar a ciegas en lo desconocido o quedarte plácidamente en tu fase de confort, pues temes no ser capaz de adaptarte a las nuevas condiciones. Porque hay cosas que no me importa haber perdido pensando en lo que he ganado a cambio y me sorprende lo rápido que me he adaptado a esta nueva anormalidad. Pienso en todo lo que detestaba y ya no tengo que soportar cada día, aquello que no quiero seguir haciendo y no tenía valor para rechazar, y empiezo a ver el lado positivo del encierro. Hay muchas cosas a las que no quiero regresar, actitudes que no voy a tolerar más, verdades cobardes que no pienso callarme y ya no me parece tan mal esta nueva forma de vida, que poco a poco he ido aprendiendo a valorar. Lo confieso, me he quedado estancado en una fase que no quiero abandonar. Siento que no estoy preparado para el cambio. Pero no me queda más remedio. Así que respiro hondo, cierro los ojos y cuento hasta diez antes de zambullirme en las frías aguas de esa nueva realidad que tanta inquietud me produce.





