viernes, septiembre 17, 2010

Aprendí a adaptarme para sobrevivir. Es una cuestión biológica, de selección natural, digamos; sólo los que mejor se adaptan sobreviven, y así funciona en todos los órdenes. No cabe el orgullo, la originalidad o los principios. No hay lugar en el mundo para lo diferente, al menos no en cuanto a las apariencias. Sólo cabe en el ámbito de lo privado. Por eso trato de mantener un aspecto correcto, no salirme de los estrechos límites impuestos, no forzar las situaciones. Trato de esconder mis cartas todo lo posible. Si estamos jugando una partida, mejor que nadie descubra tus intenciones. Vas con nada y te contienes con escalera de color. Apuestas a grandes y a chicas para despistar. Que no te utilicen, que no sepan de qué pie cojeas, que nadie espere tu próxima jugada. Hacer de mis escasas virtudes un triunfo, sacar el máximo provecho de mis pequeñas cualidades. De nada sirve lamentarse. Mejor o peor, da igual. A todo se le puede sacar un lado positivo. Es tan sólo cuestión de elegir el perfil bueno y la iluminación adecuada. Estoico asentimiento y asunción del papel que nos toca adoptar en cada momento. ¿Resignación? Tal vez, pero peores son las consecuencias de la falta de adaptación, lo sé porque lo he experimentado y no fue nada bueno. Desde entonces no cuestiono la autoridad, no lucho por imposibles, no malgasto mi tiempo ni energía, y he descubierto la sorprendente capacidad de adaptación que tiene el ser humano, aunque resulta triste comprobar a lo que puede uno llegar a acostumbrarse.

1 comentario:

Elena Lechuga dijo...

Del paso de los años aprendí que la diferencia se marca en el mantener una identidad sin traicionarse a sí mismo pero siendo capaz del contacto. Eso me esnseñaron los años; el cómo hacerlo... estoy en ello.