domingo, enero 17, 2021

El universo está lleno de constantes que explican su funcionamiento. Una constante es un valor fijo, permanente, que no varía en el tiempo. Son las claves que nos ayudan a entender la realidad y aseguran su estabilidad. Como una ecuación matemática, las personas también necesitamos estabilidad. Para ello debemos encontrar algo/alguien conocido que nos proporcione seguridad y confianza en el futuro, que nos permita combatir la incertidumbre y responda siempre a las expectativas, algo que te importe de verdad y no varíe, en lo que puedas confiar que estará ahí cuando busques el rumbo en mitad del caos. Así, cuando algo sale mal, recurrimos a nuestra constante. Cuando nos sentimos perdidos y todo se desmorona, regresamos a ella para hallar algún sentido. Es el refugio donde nos sentimos seguros, la brújula que marca el rumbo, el mapa que nos indica el camino a seguir. En un mundo inestable en el que nada es seguro, donde todo puede cambiar en cualquier momento, todo se transforma y nada permanece, recurrimos a las personas, lugares, actividades y cosas que nos hacen la realidad más reconocible y nos ayudan a comprender mejor lo que (nos) sucede. Saber que siempre estarán ahí hace que la vida sea más agradable. Por eso, si algo va mal, simplemente acude a tus constantes.


 

domingo, enero 10, 2021

Cuesta mucho construir una costumbre. Vivimos en las costumbres. Pero hay que tener cuidado con cuáles construimos. A veces nos hacemos adictos a ciertos hábitos nocivos que nos consumen lentamente hasta hacer de nuestra vida algo vulgar y sombrío. Puede que nos acostumbremos a un mal humor permanente, a un estado de espera constante, a un victimismo inane o a frecuentar compañías poco agradables. El problema es cuando la costumbre se convierte en dependencia. Trato de cultivar las buenas costumbres, aquellas que me aportan algo provechoso, las que me hacen sentir en paz y agradecido, las que consiguen que todo lo demás pase a un segundo plano, las que me llenan de esperanza sin exigencias. No siempre es fácil, porque a veces no dependen de ti, y cuando crees que has forjado una buena costumbre que querrías conservar toda la vida, todo se desvanece y te lamentas por no haber hecho o dicho lo suficiente para evitar que desaparezca. Añoras las costumbres que te aproximaron a la felicidad, de esa poco frecuente que sabes que lo es incluso en ese preciso momento, y echas de menos esos instantes de luz que te indicaron el camino cuando andabas enredado en tus laberintos particulares. La vida es más transitable cuando te apoyas en rutinas compartidas que te vuelven reconocible el camino hasta hacerte sentir como en tu hogar, de esas que nunca te cansas y que desearías que no terminasen nunca. Pero lamentablemente las costumbres no son para siempre. Se suceden unas a otras y es inevitable echar de menos aquellas que te hicieron la vida más agradable. Necesitamos buenas costumbres que sean para siempre y buenas personas con quien compartirlas, de esas únicas e imprescindibles que convierten la felicidad en una costumbre.


 

domingo, enero 03, 2021

Nunca el egoísmo fue tan reprobable como ahora. En momentos como estos es cuando la solidaridad, la empatía y el altruismo son más necesarios que nunca. Lo fácil es culpar a otros, a los de arriba, a los de abajo o a los de en medio mientras sigues haciendo todo lo que te apetece sin pensar en las consecuencias. Quien aún no se haya dado cuenta de que dependemos de los demás es que no se ha enterado de nada. ¿O cuánto te crees que podrías sobrevivir aislado por completo del resto del mundo? Que se arriesguen otros, que se sacrifiquen los demás, que se fastidien los que no piensan igual, pero ¿acaso la vida de esos otros vale menos que la tuya? Si estamos aquí es porque hace más de doscientos años Jenner inoculó la viruela bovina a un niño de ocho años. Si tenemos que creer en algo, mejor que creamos en la ciencia. Estamos vivos por las vacunas, la cirugía, los antibióticos y otras medicinas y tratamientos que siempre conllevan riesgos. Vivir conlleva riesgo, por si no te habías dado cuenta, pero no nos queda otra opción. Deberíamos invertir el consabido eslogan de la Revolución Francesa y anteponer la fraternidad a la libertad, porque nadie es libre si no lo son los demás. Somos lo que otros nos han dado, nos han enseñado o han hecho por nosotros, nuestros padres, amigos, familiares, compañeros, profesores, médicos, científicos, etc. Nunca el individualismo tuvo menos sentido. Si queremos llegar a algún sitio tendremos que hacerlo juntos o nos perderemos por el camino. Por eso, quien no esté dispuesto a dar que no se apresure a recibir.


 

miércoles, diciembre 30, 2020

Acaba un año difícil, el año que vivimos peligrosamente, el año de las videoconferencias y las mascarillas, el año del confinamiento y las restricciones, de los gritos y los aplausos. Estos días muchos lo maldicen con razón, se acuerdan del dolor y la miseria y pretenden olvidarlo cuanto antes, pero yo prefiero quedarme con lo que aprendimos. Aprendimos que somos más fuertes de lo que creíamos, que podemos vivir con mucho menos y que no necesitamos la mayoría de nuestras pertenencias. Aprendimos a valorar cosas a las que no dábamos importancia y descubrimos a quién de verdad echábamos de menos, cuáles eran para nosotros las actividades esenciales y las personas de primera necesidad. Fuimos capaces de sacrificarnos para conseguir el bien común, de resistir más allá de nuestros límites y levantarnos después de cada caída. Aprendimos que juntos vencemos a la adversidad y superamos las desgracias, que la distancia no siempre es el olvido y que lo que consideramos “normal” es algo extraordinario. Aprendimos que hay gente que nunca aprende, con esos también contábamos, que cada día cuenta no es una frase hecha, que no hay mal que cien años dure y que el mañana es hoy, aunque todo eso ya lo sabíamos pero no lo practicábamos. Aprendimos a vivir sin miedo pero con precaución, a mantener la distancia de seguridad con quien no nos conviene, a romper las barreras emocionales aun manteniendo las físicas y a mirar al futuro con esperanza. Nadie ha salido indemne del 2020. Un año que no olvidaremos, en el que nos conocimos mejor y del que ojalá salgamos fortalecidos. Esperemos que 2021 sea el año de las vacunas y los abrazos, del renacimiento y el reencuentro. Feliz año a todos.



lunes, diciembre 28, 2020

Ya puedes conseguir mi nueva novela "El día que mataron a John Lennon" por solo 15 € (gastos de nevío incluidos a España) en mi página web www.bernardoclaros.com o enviándome un correo a bernadoclaros@hotmail.com.

Sinopsis

El 8 de diciembre de 1980 John Lennon fue asesinado en Nueva York. La noticia tuvo un enorme impacto mundial. Para el protagonista de esta novela, un chico de quince años que vive en Madrid, admira al ex-Beatle de forma incondicional y quiere ser músico, su muerte supondrá un duro impacto que marcará en su vida un punto de inflexión decisivo, tras atravesar una serie de experiencias que le colocarán al borde del abismo.

Son tiempos de cambio en plena Transición, con el comienzo de la Movida madrileña, los años de plomo del terrorismo de ETA y una intensa agitación social. Los jóvenes, desencantados con el rumbo de la democracia e incapaces de vislumbrar un futuro, buscan romper con lo establecido y divertirse a toda costa, aún siguiendo el peligroso camino de las drogas que les llevará al drama de la heroína, mientras los menos afortunados intentan sobrevivir en un mundo de delincuencia y marginación. En ese ambiente enrarecido, nuestro protagonista trata de hallar su identidad a través de una serie de sucesos traumáticos que le conducirán de forma brusca a la pérdida acelerada de la inocencia.


domingo, diciembre 27, 2020

Amanezco con la misma sensación repetida de no haber avanzado nada después de todo lo sucedido, como si hubiera dado un giro de 360 grados, de esos con los que te quedas igual pero un poco más mareado. Es el día de la marmota de nuevo, el eterno retorno cada amanecer. Soy incapaz de deshacerme de los fantasmas del pasado. Para mí no tiene mucho sentido vivir apegado a las costumbres, ignorando incluso el riesgo que eso conlleva, aunque puedo llegar a entender que haya quien prefiera arriesgar la vida antes que abandonar lo único que le da sentido. Para quien no conoce nada diferente, la repetición es el único argumento de la obra. Necesitan asistir cada día a la misma representación para asegurarse de que todo está en su sitio y desconfían de cualquier mínimo cambio que se atreva a amenazar la frágil estabilidad de su pequeño mundo inmutable. Pero no habremos aprendido nada si al final nos quedamos como estábamos. No se trata tan solo de cambiar la actitud, sino modificar las conductas. No deberíamos perder la oportunidad de reinventarnos, adoptar nuevas rutinas que nos proporcionen una vida más plena, redescubrir cosas que teníamos olvidadas, desprendernos de todo aquello que nos disgustaba para quedarnos solo con lo que amamos y barrer la basura que queda en casa. Aprender a gestionar las horas del día de otro modo aunque los demás no lo comprendan e incluso lo critiquen, proponer un camino alternativo al obligado, una forma diferente de mirar y decir, liberarse de todo lo que nos ata y aferrarnos a lo que nos une. Creo firmemente en ello, pero todavía no sé cómo hacerlo.