viernes, agosto 01, 2003

Volver con la esperanza de no haber cambiado demasiado, de no haber dejado nada importante en el camino y de que todo siga estando igual, con la prudencia de preferir lo conocido, volver como extranjeros para enfrentarnos a la rutina temorosos de no reconocernos, incapaces de ser los mismos, para hallar todas esas cosas queridas que abandonamos para gozar el placer del reencuentro.
Volver un poco más desconfiados, un poco menos de casi todo, al lugar de donde nunca nos fuimos relmente y del que nunca podremos huir, con la confirmación de que no existen otros mundos mejores, ni siquiera diferentes, más que en nuestra imaginación.
Volver para recuperar nuestro universo particular, casi pidiendo perdón por habernos ido, lentamente, sin hacer ruido, intentado pasar desapercibidos, que parezca que nunca nos marchamos.
Volver con la maleta cargada de deseo dispuestos a vencer todos los miedos, a lograr lo que creímos imposible, a perseguir aquello a lo que tantas veces renunciamos, sin usar el pasado como excusa, con la certeza dichosa de saber que alguien nos espera impaciente a la puerta de casa.

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