jueves, mayo 20, 2004

Lo mío nunca fue lo de la fe. Desconfiado por naturaleza o por costumbre nunca fui muy dado a creer de primeras lo que me decían, y siempre buscaba los posibles fallos o engaños de aquello que me aseguraban. Así me fue siempre tan difícil identificarme con alguna creencia, religiosa, política, ideológica, filosófica, artística o lo que fuera, ninguna me parecía acertada. Mi reacción ante cualquier circunstancia es la de un escepticismo casi enfermizo, lo cual me paraliza a la hora de tomar la más mínima decisión o hacer algo por insignificante que parezca, pues nada me resulta convincente y siempre creo que todo acabará revelándose inútil. Ahora se me presenta ante mí la necesidad de creer, de creer en algo en lo que nunca he creído, de confiar ciegamente y afanarme en buscar un espejismo. No hay otra alternativa, tengo que jugármelo todo en una apuesta arriesgada sin pensar por primer vez en mi vida que la partida está amañada. Para ello no debo pensar mucho, sólo dejarme llevar y dejar de cuestionarme la validez de lo que hago, confiar en que el esfuerzo se recompensa, tener fe... tan difícil, tan extraño...

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