Cuando nunca te eligen es inevitable pensar que no eres suficiente. Te preguntas dónde está el fallo, cuál es ese defecto imperdonable que te convierte en una persona poco conveniente. Como cuando en el colegio te escogían el último para todos los juegos, eres siempre la última elección o ni siquiera eres una opción. Te miras al espejo una y otra vez, analizas tu comportamiento de forma concienzuda en busca de ese error fatal que necesita ser corregido cuanto antes. Tal vez sea mi cara, mi voz, mi forma de hablar, mi manera de ser y sentir. Te cuestionas tu comportamiento continuamente. Tal vez debería ser más atrevido o quizás más prudente, ser más reservado o abrirme más a la gente. Piensas qué habría pasado si hubieras actuado de otra forma, si no hubieras dicho aquello o te hubieras marchado a tiempo. Tratas de averiguar qué es aquello que hace a los demás mejores para intentar imitarlo. Te esfuerzas por estar a la altura, entrenas cuerpo y mente para dar la mejor versión de ti mismo, te muestras amable, simpático, servicial, tragándote incluso tus sentimientos, pero tampoco sirve de nada. Cuando nadie te prefiere te preguntas qué es lo que te hace invisible y te condena a la soledad y el silencio. Eres esa persona por la que nadie pregunta cuando no está. Callas para ocultar tu herida mientras notas cómo algo se rompe en tu interior. Sientes que no vales, que no das la talla, que eres una pieza defectuosa que hay que desechar, mientras miras la vida pasar cada vez con menos fe en que alguien, algún día, se quede.

No hay comentarios:
Publicar un comentario