jueves, junio 05, 2003

Me parece que al fin he comprendido por qué huyo de relacionarme demasiado con la gente, y es que tengo miedo a defraudarles, no confío en mis habilidades sociales y es por eso que no me atrevo a comprometerme con nadie y me quedo siempre en los niveles más superficiales de toda relación personal evitando profundizar ni adquirir ningún tipo de responsabilidad. No tengo capacidad para atender a nadie como debería, mi inconstancia, mi carácter inestable, mi pereza y falta de atención son defectos que no puede permitirse quien aspire a obtener algo más que una simple relación fría y formal. Alguien lo llamaría egoísmo pero es precisamente el deseo de no herir a los demás lo que me cohibe de ni siquiera intentarlo. Sé que fallaré a todo aquel que espere algo de mí, y aunque puede que sea algo común yo me siento excesivamente culpable de decepcionar a los demás, víctima quizás de la presión depositada en mí en forma de esperanzas por parte de las personas más cercanas a mí. No me doy cuenta de que al único a quien no debería defraudar es precisamente aquel a quien no le presto atención y cuya opinión suele quedar relegada al olvido.

martes, junio 03, 2003

Alguien me aconsejó un día: Cuando algo va mal actúa con normalidad, si empieza a llover no abras el paraguas, si hace calor no te quites la chaqueta, así te convencerás de que todo está bien, de que no llueve y no asfixia el calor. Eso trato de hacer ahora, aparentar que el mundo sigue en su sitio aunque siga sin saber dónde es eso. Intento demostrarme a mí mismo que no hay motivos para la tristeza, que el pesimismo es sólo un capricho injustificado de mi mente, me río de mis propios chistes, animo todas las fiestas y me dedico a consolar a quien está decaído. Por eso cuando más alegre me veas desconfía de mi sonrisa y piensa que estoy atravesando por un mal momento. Pero a veces, cuando llega la noche y me encuentro solo en casa, no puedo evitar que se derrumbe toda esa fachada y lloro hasta agotarme.
Siempre me ocurre igual. Al principio desprendo ilusión, lo tomo con muchas ganas y pongo todo mi empeño, pero enseguida me parece que no merece la pena y pierdo todo el interés, con lo que casi nunca acabo nada de lo

domingo, junio 01, 2003

Caer era un lujo que no podíamos permitirnos porque sabíamos que no seríamos capaces de volver a levantarnos. Nuestras rodillas desgastadas, nuestros músculos cansados, nuestra voluntad vencida, se sabían impotentes para reanudar el ascenso. Así que no nos atrevíamos a subir muy alto ni a aventurarnos demasiado lejos, volar no entraba dentro de nuestros planes porque conocíamos que la caída sería aún más dura de lo imaginado, por lo que nos movíamos en una monotonía asfixiante. Todos nuestros actos eran medidos hasta el absurdo, cada palabra buscada en el diccionario, nuestros gestos analizados hasta convertirnos en expertos actores, con lo que todo era demasiado aburrido, demasiado falso.
Un día, cansados de tanta frialdad y necesitados de un calor cercano, nos embarcamos en un vuelo temeroso sin pensar en sus consecuencias. Sabíamos que unos pies de más derretirían nuestras alas, que después de aquello no habría marcha atrás posible, pero allá arriba, durante un breve tiempo sentimos al fin el fuego en nuestras almas y comprendimos que la vida moraba en aquellas alturas y todo lo demás era un simulacro. Naturalmente aquello no podía durar, y caímos para no volver a levantarnos jamás, pero ahora, cuando me siento en el fondo de la más profunda sima, me complazco recordando aquellos momentos y puedo decir que al menos por una vez me sentí vivo.


Jugué a un juego al que no sabía jugar. Al principio tímidamente, pero la fortuna quiso ser mi compañera. Gané, pequeñas victorias cuyo responsable era ella, no yo, pero no lo supe ver y me creí el rey del juego, pensaba que sabía hacerlo mejor que nadie. Pero la fortuna un día me abandonó, cambió su lugar en la mesa para ser mi rival, y cuando ya lo había apostado todo creyéndome invencible, lo perdí en un segundo. Ahora sé que nada fue culpa mía, ni los triunfos ni las derrotas, y que nada depende nunca de mí, si acaso estar atento a sus designios para saber hasta donde debemos arriesgar.
Cuando todo lo que conocías a tu alrededor parece desmoronarse de repente, te sientes más perdido aún que si lo que se derrumbara fuera tu propia vida. Uno no concibe el mundo sin todas esas cosas que teníamos asumidas de nuestro entorno, esos necesarios apoyos externos que nos ayudaban a caminar por los días. Pero aquello que parecía fuera del mundo de lo posible llega un momento en el que rebasa tus expectativas y se convierte en realidad. Empiezas a dudar y cada elemento a tu alrededor se transforma en una señal amenazante que quizás te empeñas demasiado en buscar. Y entonces, piensas que todo se viene abajo y te sientes inseguro aunque no haya motivos para ello, entonces piensas que el mundo comienza a hundirse por sus contornos y que ya ha comenzado la destrucción.