martes, diciembre 03, 2019

He aprendido que es inútil negar el dolor y hacer como si no existiese, pues ese dolor permanece ahí oculto en algún lugar aunque no queramos admitirlo y es síntoma de algún problema mayor que debemos solucionar antes de que nos impida avanzar. A menudo he actuado como si me encontrase en plenitud y controlase la situación, cuando en realidad por dentro me inundaban las dudas y el temor. He intentado hacerme el fuerte y seguir adelante intentando hacer ver a todo el mundo que estoy bien, que no me pasa nada, que no necesito su apoyo ni compasión, confiando en que el tiempo cure las pequeñas heridas. Pero no es así, porque nada sana por sí solo. Si no se actúa sobre la raíz del dolor nunca nos recuperaremos y solo conseguiremos hacernos más daño. A veces hay que parar, echar la vista atrás, evaluar daños y tomar medidas aunque resulten traumáticas, vencer a la rutina aplastante, analizar los problemas que no queremos ver y actuar con firmeza. No vale tan solo con fingir ante los demás para intentar convencernos a nosotros mismos. No vale callar nuestros males creyendo que lo que no se nombra no existe y que el silencio es nuestro mejor refugio, como si todo fuese a arreglarse simplemente dejando de pensar en ello. Por eso hoy me paro aquí a revisar mis zonas erróneas, a valorar mis puntos débiles y los fallos cometidos para tomar las decisiones oportunas que puedan repararme, porque sé que es el único modo de volver mañana a caminar con más fuerza.