lunes, diciembre 09, 2019

A veces vuelvo a empezar de nuevo como si no hubiera visto ya la película. Me gusta engañarme a mí mismo y creer que esta vez el final va a ser distinto. No importa que la haya visto muchas veces antes, que conozca cada giro del argumento y me sepa los diálogos de memoria, trato de descubrir un detalle inadvertido que cambie mi percepción de los hechos, aunque sea saltándome las partes que me desagradan. Por un tiempo me gusta (necesito) fantasear un poco e imaginar un final feliz, de esos que tan poco me satisfacen en el cine y persigo sin descanso en la vida. Tal vez una nueva versión, un remake frustrado, una vuelta de tuerca inesperada, una adaptación libre del guion original, como si el protagonista pudiera decidir salirse del plan trazado. Actúo como si no existiera el pasado, finjo la esperanza para hacerla real, pongo buena cara mientras dure la calma antes de que estalle la tormenta y miento cuando digo que no recuerdo lo que va a pasar mañana. Porque no se puede vivir de otra manera. No puedes perder la fe y entregarte al desánimo y la desconfianza. Es preciso hallar un sentido, una palanca, algo por lo que lo malo tenga coartada. Creer en la gente, confiar en las palabras, pensar que, aunque hayas fallado mil veces antes, esta será la ocasión que estabas esperando.