sábado, abril 10, 2021

A veces siento que me acostumbro con demasiada facilidad a las cosas. Es algo que antes no me ocurría, más bien al contrario, cuando era más joven me costaba mucho aceptar cualquier cambio que se produjera en mi vida, por pequeño que fuera. Ahora, sin embargo, he desarrollado una capacidad de adaptación extraordinaria. Asumo sin cuestionarme todo lo que ocurre a mi alrededor, me mimetizo de una forma ejemplar con mi entorno para no salirme ni un paso de la ruta marcada, asiento a cada pregunta para no desagradar, acepto las decisiones que otros toman por mí, convencido de que son las correctas, incorporo las escasas novedades a mi rutina con rapidez y sin ninguna objeción, obedezco las órdenes sin rechistar y callo si alguna rara vez no estoy de acuerdo en algo. Mi voluntad está anulada por completo y mi rebeldía domesticada hasta parecer extinta. Me someto a mis obligaciones diarias con disciplina espartana y resignación cristiana y alejo de mi mente cualquier sombra de duda o atisbo de deseo, consiguiendo así instalarme serenamente en un perfecto equilibrio entre indeseables extremos que en otro tiempo amenazaron mi sagrada estabilidad. Es una rutina vulgar, una inercia peligrosa que recorro en silencio sin expectativas ni esperanzas, pensando tan solo en cumplir las tareas asignadas y que no se parece en nada a lo que imaginaba que sería mi vida. Solo de vez en cuando, por algún motivo que ignoro, me detengo un momento a pensar, me rebelo contra mi propia docilidad y me digo que no es esto lo que quiero y que debo hacer algo urgente para cambiar. De repente me doy cuenta del tiempo que ha transcurrido sin que haya movido un dedo en busca de mis objetivos y me invade la impaciencia, la nostalgia, la tristeza y todos esos sentimientos incómodos que he desterrado de mi día a día para lograr la calma que ansío. El malestar me dura unas horas, a lo sumo unos cuantos días, para después regresar sumiso a mi monótona existencia, convencido de que no hay otra posibilidad. Pero en esos momentos en que despierto de mi indolencia, imagino nuevas posibilidades y logro adivinar la promesa de un futuro mejor y es ese breve instante de luz lo que hace que la rutina valga la pena.


 

1 comentario:

Mi nombre es Mucha dijo...

Deja de analizar y pensar tanto
comienza a vivir sin pensar
y todo sera mas facil