sábado, mayo 08, 2021

Últimamente siento más que nunca que no sé adónde voy. Es una sensación incómoda que me resulta familiar, pero se acentúa en momentos de crisis. No tengo claro qué objetivo persiguen mis pasos y desconfío de cada decisión que tomo, por insignificante que parezca. Pero no me preocupo mucho más de lo necesario, porque sé que para llegar a algún lugar nuevo, hay que perderse antes. No me despierta ningún interés seguir las rutas establecidas, evito recorrer caminos señalizados e indago vías alternativas aun a riesgo de perderme para siempre. Aborrezco a quienes recorren en grupo el sendero, a quienes nunca se salen de la senda marcada, a quienes necesitan que les indiquen el rumbo, van juntos a todas partes y cumplen siempre con lo programado porque tienen miedo a equivocarse si se saltan el guion. Desprecio a quienes siguen a líderes, guías o modas y nunca prueban su propia manera de hacer las cosas. Yo, en cambio, me confieso devoto de lo desconocido, adepto de la incertidumbre y adicto a la improvisación. Nada puede ofrecerme aquello que todos hacen del mismo modo, me aburro enseguida de lo conocido y prefiero incluso lo malo por conocer. Así que no me preocupa si mi torpe búsqueda no alcanza nunca ese lugar soñado que tal vez solo exista en mi mente, porque sé que en realidad, aunque aparenten lo contrario, nadie tiene claro a dónde ir.


 

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