sábado, mayo 15, 2021

Hubo un tiempo en que estaba permitido soñar, se podía pedir lo imposible, convencidos de que se haría realidad. La juventud era sinónimo de rebeldía y estábamos dispuestos a luchar juntos por la justicia universal. Queríamos asaltar los cielos, transformar la sociedad, derribar las estatuas e inaugurar un tiempo nuevo. Creíamos que algo estaba cambiando, que otro mundo era posible, los jóvenes eran revolucionarios y no reaccionarios, no nos aferrábamos a lo material, la libertad consistía en que nadie te dijera lo que debías pensar, romper los muros que nos oprimían y enfrentarnos a nuestros miedos, ser dueño de tu vida, el capitán de tu alma, el amo de tu destino... Ahora todo eso pasó, hemos abandonado la rebeldía a cambio de un poco de orden y estabilidad, preferimos pájaro en mano y lo malo conocido y renunciamos a nuestras ideas por un plato de lentejas. Miramos con recelo a quien pretenda alterar lo más mínimo nuestra sagrada comodidad, como si quisiera arrebatarnos lo más preciado, convencidos de que nada cambiará nunca. Todos duermen pero no sueñan, incapaces de imaginar un futuro distinto. Solo estamos dispuestos a luchar por nuestro propio beneficio particular, pero sin arriesgar demasiado, desconfiamos de nuestros semejantes y atacamos a quien se cuestiona la verdad oficial. Hemos derrotado a la imaginación y rechazamos cualquier novedad, cuando la igualdad es una quimera, la fraternidad sospechosa y la libertad cabe en una pulsera o en un vaso de cerveza. Nos cambiaron las preguntas y nos robaron la rabia. Hemos envejecido a pasos acelerados, nuestras esperanzas se han diluido y hemos olvidado los motivos de nuestra indignación. Y ahora, cuando me avergüenzo de mi propia apatía e indiferencia, me pregunto qué quedó de todo aquello, qué quedó de nosotros.


 

2 comentarios:

Nuria de Espinosa dijo...

Muy interesante 👏👏👏 saludos

R's Rue dijo...

Very interesting.