Tal vez sea momento para la reflexión. Una oportunidad para detenerse a pensar en lo que hacemos mal cada día, y también en lo que hacemos bien. En lo que podemos modificar para mejorar nuestra vida, en lo que perdemos por perseguir cosas que no son valiosas y en lo que deberíamos eliminar o conservar en nuestro día a día. Romper con la rutina cotidiana de la prisa y el estrés que nos arrastra sin que seamos conscientes de ello nos permitirá valorar lo que importa, todas esas cosas que ya sabemos de memoria pero que nunca atendemos como se merecen, como nos merecemos, y descubrir que podemos prescindir de mucho de lo que considerábamos necesario. Momentos de crisis que nos permiten sacar conclusiones que contribuyan a hacernos crecer y mejoren nuestra vida, eliminando todo lo que nos presiona, nos agobia o nos da miedo y priorizando nuestros deseos profundos y afectos sinceros por encima de obligaciones impuestas que no llegamos a entender pero cumplimos sumisos. En estos instantes de encrucijada descubrimos que se puede vivir sin aquello que creíamos que no podríamos, que son muy pocas las cosas realmente necesarias y que a menudo vendemos nuestra alma al diablo por un plato de lentejas o treinta monedas de plata. Puede que todo esto te suene a discurso mil veces repetido, a frases tópicas de autoayuda que yo mismo detesto, pero ¿de verdad tienes claro que estás viviendo la vida que quieres? ¿de verdad eres capaz de anteponer lo importante a lo urgente? Allá tú, pero si la crisis no te sirve para sacar alguna conclusión, no habrá servido de nada, y cuando todo esto acabe tu vida seguirá llena de todos esos miedos y tensiones que te dominan por completo impidiéndote alcanzar el tan ansiado equilibrio emocional.
domingo, marzo 15, 2020
miércoles, marzo 11, 2020
Cuando salgo a caminar solo, mi mente recorre a un ritmo acelerado paisajes más allá del horizonte, analizando todo lo que hay en mi vida y sus alrededores. Pienso en aquello en lo que me equivoqué en las últimas horas, lo que hice mal este día, en lo que puedo hacer para rectificar y en cómo reparar los daños ocasionados. Palabras comprometedoras, malos entendidos, bromas inocentes que pudieron molestar a alguien, mentiras que no tuve el valor de negar... De un modo involuntario, doy vueltas a los aspectos más dispares, desde problemas acuciantes a la mayor de las tonterías. Pienso en las cosas que me habría gustado decir y no me atreví y siento la necesidad urgente de hacerlo ahora o pedir perdón por mis errores para asegurarme de que no he provocado un daño irreparable a mi relación con alguna persona que me importa. A veces me sorprenden los derroteros que toma mi pensamiento y he de tener cuidado con las decisiones arriesgadas que tomo en esos momentos. Enredado en disquisiciones irresolubles, puedo llegar a cometer errores fatales que deba pagar más tarde con dureza, meteduras de pata antológicas que he lamentado durante mucho tiempo. A veces me acuerdo de personas que ya no están en mi vida y me pregunto por qué ha ocurrido, si eso fue lo que yo quería o en cambio me lamento por ello, e incluso estoy tentado de llamar a puertas que hace tiempo se cerraron para mí, creyendo ingenuamente que tal vez podrían volver a abrirse, cuando la realidad es que las posibilidades de que eso ocurra son prácticamente nulas. Casi siempre soy capaz de controlar ese impulso suicida y aguantarme las ganas de decir todo lo que siento, pero en ocasiones he llegado a enviar mensajes de los que me he arrepentido a los pocos minutos, cuando ya era demasiado tarde. Trato de justificarme diciéndome que quien no arriesga no gana, que no pierdes nada por intentarlo y todas esas frases absurdas que ridículos eslóganes han grabado en mi mente y me sorprendo repitiéndolos en contra de todos mis principios. Así que si alguna vez te llega un mensaje extraño, algo que no entiendas o te parezca inapropiado, no me lo tomes en cuenta, son solo señales de alarma que emito de forma inconsciente en busca de auxilio cuando me siento solo y perdido en mitad de ningún sitio, caminando sin rumbo por el monte y necesito asegurarme de que hay alguien a quien aún le importo a pesar de todos mis defectos imperdonables.
lunes, marzo 09, 2020
En ocasiones así, siempre recurro al aislamiento ante la amenaza de un nuevo contagio. Me aíslo, cierro puertas y ventanas y evito todo contacto con el mundo exterior para no recaer en mi enfermedad crónica. Cuando me creo curado por completo, descubro en mí de nuevo los síntomas inequívocos de mi mal endémico para el que no existe tratamiento, vacuna o redención. La única medida eficaz es el aislamiento, poner cuerpo y mente en cuarentena, alejarme de todo lo que me contamina. Procuro mantener una distancia prudencial en cualquier conversación, no adentrarme jamás en terrenos pantanosos que puedan desencadenar en mí efectos nocivos con secuelas permanentes, repeler todo intento de aproximación y fingir una impasible calma mientras me lamento por haberme relajado demasiado y no respetar las medidas higiénicas oportunas que me mantengan a salvo, dejándome contagiar por unas palabras amables o una sonrisa falsa que arrasan mi alma y arruinan mi frágil estabilidad emocional. Y aun así solo se trata de una solución temporal, un intento frustrado de controlar los síntomas más virulentos cuando las expectativas se desatan, porque sé que nada conseguirá acabar con este maldito virus que habita dentro de mí.
viernes, enero 17, 2020
No sé jugar a las siete y media, al black jack ni a otros juegos similares. Nunca sé cuándo tengo que plantarme y prefiero pasarme a quedarme corto. Siempre pido más y acabo arruinando la partida. Así es este juego cruel en el que el equilibrio es tan difícil de alcanzar, pues siempre te pasas o no llegas, porque duele dejar escapar la ocasión, y el no llegar da dolor, pero si te pasas es peor y nunca sabes qué hacer, si plantarte o arriesgar. No me gustan las medias tintas, las medias verdades ni las medias mentiras. Nunca pido media ración no me alojo en media pensión ni corro una media maratón. Pretendo acabar todo lo que comienzo. No lo digo con orgullo, si acaso con vergüenza, pues a estas alturas ya debería haber aprendido a controlar mis impulsos y saber quedarme con el pájaro en la mano. Debería ser más moderado, reflexivo y prudente, virtudes que no me acompañan. Debería contar hasta cien antes de hablar, consultar las decisiones con la almohada durante quinientas noches y seguir el consejo de los expertos. Son cosas que me propongo y al final acabo dejándome llevar por las ganas hasta estropearlo todo. La posibilidad del triunfo me lleva a arriesgar demasiado y despreciar el empate y eso me conduce inevitablemente a la derrota. El olor de la gloria cercana nubla mis sentidos y anula mi conciencia y me hace actuar como un zombie hambriento en busca de comida. Pero prefiero vivir así, soñando con la victoria, pensando que aún es posible lograr todo lo que deseamos antes que resignarme a la gris sucesión de los días iguales sin ningún espejismo en el horizonte que perseguir que me dé un motivo para levantarme cada mañana de la cama.
martes, enero 14, 2020
El éxito no puede ser obligatorio. No debemos obsesionarnos con alcanzar logros que casi nunca dependen de nosotros. Lo que sí debemos es poner todo de nuestra parte para lograr aquello que deseamos pero sin que eso nos haga olvidarnos de lo que tenemos, dejando así escapar el presente. De vez en cuando conviene cuestionarnos lo que deseamos, pensar para qué queremos conseguirlo, si acaso merece la pena tanto sacrificio y no dejarnos deslumbrar por el brillo del trofeo que anula nuestra conciencia y somete nuestra voluntad. Porque a menudo erramos el objeto de nuestros deseos, equivocamos el destino de demasiados esfuerzos, confundimos el fin con los medios, la meta con el sentido, el triunfo con el éxito. El ganador no siempre es quien llega primero sino el que saborea cada paso del camino. Hacemos propias las expectativas ajenas, nos sometemos a su tiranía para no defraudar a alguien y ni siquiera nos damos cuenta de que no es lo que nosotros queremos. Habrá que rebajar las expectativas y aceptar que lo raro es vencer, que lo normal es fallar muchas veces antes de acertar y que las caídas también forman parte del trayecto y darnos cuenta de que eso no es fracasar. Fracasar es dejarnos esclavizar por nuestros deseos hasta impedirnos disfrutar de lo que poseemos, fracasar es no vivir este momento por miedo a lo que vendrá, fracasar es quedarse esperando a que alguien haga lo que solo nosotros podemos hacer, fracasar es lamentarse por aquello que no está en nuestra mano hasta hacernos sentir incapaces e inútiles. Por eso no conviertas la felicidad en un deber y la adversidad en una catástrofe, no dejes escapar el tiempo preocupándote por un futuro probable, no te dejes convencer por el miedo y asume el error como parte imprescindible de tu vida. Solo así podrás apreciar todo lo bueno que hay en ella.
martes, enero 07, 2020
No puedo evitar el pensamiento recurrente de que todo lo que sucede es resultado de lo que ha sucedido antes, así pues, lo que me pasa se debe exclusivamente a lo que hice en el pasado, yo soy el responsable de todas mis derrotas y decepciones. Son mis pasos los que me condujeron a este callejón sin salida, mis decisiones apresuradas las que me condenaron sin remedio. Tal vez, si lo pienso fríamente, no tenga por qué ser así y podría señalar a los demás, a las circunstancias o a la mala suerte como responsables de mis errores, pero mi educación católica me hace pensar continuamente en que yo soy el único culpable. Y la verdad es que si miro hacia atrás no puedo más que darle la razón a esas ideas perniciosas que me obsesionan, porque he cometido muchos más errores de los aconsejables, me he pasado de la raya sin complejos, he abusado de la confianza ajena creyendo que todo pecado obtiene su perdón tarde o temprano, me he ganado a pulso todos y cada uno de mis fracasos, he hecho demasiadas cosas de las que me avergüenzo, y lo peor es que estoy seguro de que volveré a hacerlas, creyendo ingenuamente que esta vez va a salir bien.
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