miércoles, diciembre 11, 2019

Todos tenemos algún cadáver en el armario, restos putrefactos de relaciones pasadas descomponiéndose lentamente mientras preferimos no mirar adentro y procuramos ocultarlo a los demás. Fracasos estrepitosos que nos dejaron secuelas profundas que nunca curaron del todo y cuyo olor nauseabundo aún impregna nuestro cuerpo y mente aunque pretendamos fingir que no lo notamos, y que a menudo nos lleva a tomar decisiones equivocadas por miedo a reincidir en los errores habituales, aquellos que, a pesar de intentarlo, no está en nuestras manos evitar, y nos hacen caer en el lado opuesto negando toda posibilidad de redención. Porque se trata de establecer lazos firmes que unan sin llegar a oprimir, ataduras de las que puedas desprenderte pero no quieras hacerlo, procurando no sobrepasar nunca la delgada línea que existe entre pedir y exigir, buscando el difícil equilibrio entre dar y recibir, tener y compartir, esperar y no sufrir, cuando sabes que la balanza siempre cae hacia el lado más débil, el tuyo, que el nudo se deshace si no pones la fuerza necesaria pero la cuerda acaba rompiéndose si la tensas demasiado. La experiencia nos advierte pero no siempre hacemos caso a las señales, pues creemos que no hay dos ocasiones iguales, que nunca te bañas dos veces en el mismo río, que cada quien es cada cual y que no hay que dejarse llevar por una mala jugada. Lo contrario sería claudicar, asumir que tu destino es inevitable, como si los dioses ya lo hubieran fijado de antemano y no se pudiera hacer nada por cambiar lo que eres, lo que tienes, lo que sientes... y yo, lo siento, aún no me resigno a eso.