domingo, diciembre 22, 2019

No me enseñaron a perder. Me exigieron siempre el triunfo y nunca me mostraron el otro lado. Me enseñaron a darlo todo sin guardarme nada, a apuntar a lo más alto y no conformarme nunca. Nada de lo que hiciera era suficiente, tenía que ser el primero de la clase, el mejor del equipo, el último en abandonar. No me dieron más opciones. Me hicieron creer que cada esfuerzo obtiene su recompensa, que tenemos lo que nos merecemos y que todo es susceptible de ser mejorado. Pero no me dijeron qué debía hacer cuando las cosas no salieran bien, no me dieron las armas para luchar contra el desengaño y la frustración, no me ofrecieron la fórmula para superar el dolor o al menos aceptarlo. No me enseñaron a asumir la derrota, no me entrenaron en el desencanto. Me ocultaron el lado salvaje de la vida y me hicieron creer que si las cosas no salían bien era porque algo había hecho mal y por lo tanto la culpa me pertenecía en exclusiva. Nadie me dijo que el mundo no se acaba si fallas, que todos tenemos derecho a equivocarnos y que las cosas casi nunca salen como quisiéramos. Que vencer es una excepción y caer es normal, por lo que no me enseñaron a levantarme. Y ahora, cuando fracaso una y otra vez, cuando nada me satisface y la derrota es mi compañera habitual, cuando me hundo sin remedio cada vez que algo, por pequeño que sea, sale mal y la realidad no se corresponde con mis deseos, cuando me enfrento desnudo al temporal y nada ni nadie ofrece un poco de consuelo, ¿cómo se supone que debo reaccionar?