domingo, mayo 23, 2021

Siempre tuve la sensación de que no estaba preparado para lo que venía. Que no sería capaz de responder a lo imprevisto. Que no estaba cualificado para resolver las dificultades que surgían. Desde pequeño me angustiaba la idea de tener que enfrentarme a algo nuevo, desconocido para mí, para lo que nadie me había enseñado cómo debía actuar ni mucho menos sentirme. El más mínimo cambio en mi rutina suponía un suplicio por el que habría dado cualquier cosa por esquivar. Me atormentaba durante días pensando en el fatídico instante en que tendría que enfrentarme a mi debilidad y todos conociesen el impostor que era. Puede que hasta entonces hubiera logrado engañarles fingiendo que era uno más, pero la verdad siempre acaba saliendo a la luz. Cada nuevo curso en el colegio, el paso al instituto, un examen o una exposición oral, la selectividad, la universidad, vivir solo o en otra ciudad, las oposiciones, el trabajo, un nuevo empleo o responsabilidad, la vida en pareja, la convivencia, la enfermedad, la muerte de un ser querido, las despedidas, los reencuentros, por supuesto la paternidad... Sentía el vértigo de asomarme a un precipicio y no saber volar. Miraba a los demás y todos me parecían completamente seguros de sí mismos, convencidos de lo que debían hacer en cada situación, mientras yo me debatía entre mil dudas y temores que provocaban que mi inseguridad se desbordase, renunciando a muchas cosas sin intentarlo por temor al fracaso. El miedo al ridículo, a no estar a la altura, a no hacerlo bien, a avergonzar a mi familia, a fallarle a quien confiaba en mí, a fracasar, a equivocarme o ser abandonado me ha acompañado a lo largo de mi vida como una pesada carga que entorpecía mi camino y me privaba de experiencias enriquecedoras que me habrían permitido crecer. Hasta que un día, tras mucho observar a los demás, comprendí que nadie está nunca seguro del todo, salvo los ignorantes o los locos, que en algún momento todos sentimos que no somos capaces, que lo raro es ganar y que es lógico el miedo al fracaso. Por eso ya no me avergüenzo de mostrar mis dudas ni manifestar en voz alta mis limitaciones o publicar mis desatinos, de confesar sin rubor que no sé hacer algo y pedir ayuda cada vez que me hace falta. Porque sé que nadie está nunca completamente preparado para lo que vendrá y que algún momento todos preferiríamos no hacerlo, que no importa que tengas dudas y flaquezas sino que se trata de afrontar cada nuevo reto con optimismo y buena voluntad, sin temor al fracaso ni miedo al error, admitir tus carencias sin menoscabar tus virtudes, atreverse a exhibir las heridas y descubrir la belleza de cada nueva etapa o cambio en nuestra vida, que la hacen mucho más rica, más plena, mejor.


 

1 comentario:

Helena Saenz dijo...

Sip... definitivamente a todos... o a la gran mayoría, nos pasa lo mismo. En mi caso ha sido más los años que el optimismo o la buena voluntad por enfrentar las cosas; lo que me ha hecho superar ese "miedo" a lo nuevo. Ahora ya lo veo más como un "chingue su... lo que sea que Dios quiera... XD" Jajajaja...