domingo, abril 12, 2020

Si de algo estoy lejos es de lograr el ansiado equilibrio tras el cual voy dando bandazos de un extremo a otro sin frenos ni dirección. No consigo un poco de estabilidad emocional que serene mi ánimo desbocado y me guíe por el buen camino. Lo que hoy pienso mañana puede quedar superado y creer todo lo contrario. Mis ideas varían a una velocidad inusitada, por lo que soy incapaz de defender lo que pienso ante nadie, ni tan solo ante mí mismo. Es el fruto de mi manía permanente de dar mil vueltas a todo, lo que me hace encontrar siempre nuevas interpretaciones a lo que pasa, a lo que hacen, a lo que dicen, tratando de hallar una explicación válida a actitudes y comportamientos extraños que no llego a entender por más vueltas que le dé. Analizo las palabras dichas y los silencios elocuentes y no encuentro concordancia entre el sujeto y lo predicado. Sé que es difícil pedirle coherencia al mundo, que el universo está regido por la entropía y que las personas son volubles, cual pluma al viento. No puedo reprochárselo a nadie, pues yo también soy inestable y caprichoso, puedo pasar de entregarlo todo a cambio de nada a no dar ni la hora, según me demuestren. Paso del amor al odio en cinco minutos, de la euforia a la decepción, del cielo al infierno directamente sin pasar por la casilla de salida, de la dependencia a la indiferencia, pero aun así, sigo empeñado en buscar ese centro de gravedad permanente que no varíe lo que pienso de las cosas, de la gente.

 

viernes, abril 10, 2020

Es un error convertir tu vida en una sala de espera. Pensar continuamente en lo que haremos “cuando todo esto pase” mientras nos entretenemos con ocupaciones vanas que no nos complacen. Hacer planes magníficos que nunca cumpliremos, mirar el calendario a cada instante intentando que pasen rápido los días. No podemos dejar que transcurra el tiempo sin más, despreciando el presente en pos de un futuro incierto. No tiene sentido poner los ojos en el mañana sin preocuparnos por los que podríamos estar haciendo ahora en lugar de lamentarnos. Durante unos días he cometido ese error común y me he dejado dominar por el miedo y el deseo por lo que vendrá. He recorrido las horas con angustia imaginando posibles escenarios desoladores y he sentido la urgencia de que el tiempo pase. Pero a partir de ahora, quede el tiempo que quede, voy a centrarme única y exclusivamente en el momento presente, dejaré de hacer planes y conjeturas e intentaré sacar todo lo bueno que mi realidad me permita, sin aplazar placeres ni pretender acelerar el tiempo, sin hacerme trampas para engañarme a mí mismo con promesas falsas, sin prisas ni imposiciones pero con todas mis ganas. Por fortuna no tengo mucho por lo que lamentarme. Lo que haya de ser será y quien no esté hoy tampoco estará mañana. Esta es mi vida actual y no reniego de ella. Este abril hermoso y cruel. No voy a dejar que nadie me lo robe.

lunes, abril 06, 2020

Siempre debimos protegernos más, tomar precauciones al hablar con desconocidos, evitar el contacto directo sin establecer barreras higiénicas y practicar con destreza el distanciamiento. Hemos pasado por alto pecados veniales, besado sin recato a Judas sin escrúpulos y abrazado a mentirosos patológicos sin cuestionar sus intenciones. Hemos atravesado líneas rojas con descaro, caminado descalzos sobre cristales rotos y cruzado la calle sin mirar a los dos lados y ni siquiera nos hemos lavado bien las manos después de meterlas en el fango. Hemos confiado en quien nos negó más de tres veces, pagado a traidores baratos y seguido ciegamente a quien nos abandonó a oscuras en medio del camino de la vida. No olvidaré esta lección. Me la repetiré varias veces cada mañana como un mantra redentor antes de salir de casa y la obedeceré escrupulosamente como si se tratase de una prescripción médica. Seré más pulcro en las relaciones personales para mantenerme en pie, desinfectaré mi vida con frecuencia para evitar contagios indeseados, me volveré de hierro para endurecer la piel y daré a cada uno lo que se merece, sobre todo a mí mismo.

sábado, abril 04, 2020

No vamos a ser mejores después de todo esto. No fantasees con ingenuas presunciones. Olvidaremos pronto lo ocurrido y volveremos a nuestros temores y ambiciones. Es posible que cambiemos algo durante un tiempo, nadie sale indemne de la batalla, pero en todo caso no será para mejor sino para volvernos más egoístas y desconfiados, creyendo que eso nos protege. Tomaremos más precauciones, pondremos más distancia y erigiremos barreras. Seremos más recelosos e incrédulos, buscaremos salvar lo nuestro y miraremos con desdén lo ajeno. Escocerán de vez en cuando las heridas, sangrarán a veces los recuerdos, pero seguiremos adelante sin detenernos a pensar en lo que perdimos, fingiendo que no tenemos miedo, y ni siquiera nos preocupará tener sucias las manos o la conciencia. Cuando todo esto pase, quedará en nuestro interior un recuerdo lejano y enseguida nos olvidaremos de los más necesitados, abandonaremos los buenos deseos, dejaremos de ayudarnos y no visitaremos a los abuelos. Volveremos a tener prisa, encontraremos mil excusas para no hacer lo que queremos y no tendremos tiempo ni ganas para tomar un café o dar un beso. Seguiremos creyendo que somos los mejores y nos merecemos todo lo que tenemos y que lo nuestro debe ser siempre lo primero. Despreciaremos a quien no ha logrado todo lo que nosotros hemos conseguido y trataremos con soberbia al diferente. Veremos el peligro en cada esquina, en cada rostro, en cada piel, sobre todo si es distinta a la nuestra, y exigiremos y criticaremos constantemente a aquellos que hoy aplaudimos. Pediremos que nos arreglen lo nuestro y nos despreocuparemos de los problemas ajenos. Puede que las buenas intenciones nos duren unos días, unas semanas a lo sumo, pero acabaremos comportándonos igual que siempre y creyendo que nunca más va a pasar nada malo. No, no vamos a ser mejores, ni más generosos ni afectuosos ni sinceros. Volveremos a ser los mismos pobres cretinos de siempre, incapaces de ver más allá de sus narices. Aprenderemos una gran lección que olvidaremos en dos días, aunque no quieras creerlo, tú y todos, y yo el primero.

jueves, abril 02, 2020

Es importante definir cuáles son para ti las actividades esenciales, aquellas que necesitamos para seguir viviendo, aunque discrepo del criterio empleado. Como siempre, confundimos lo importante con lo material, lo útil con lo necesario. Me pregunto cómo algo así puede regularse por decreto. Si de verdad estuvieran permitidas todas las actividades esenciales correríamos ahí afuera a abrazarnos sin demora, saldríamos a correr al campo para respirar, visitaríamos a nuestros familiares, llenaríamos los parques para jugar con los niños, quedaríamos con nuestros amigos para compartir risas y confesiones... El confinamiento nos ayuda a distinguir cuáles nos son realmente necesarias y de cuáles podemos prescindir sin lamentarnos demasiado, y nos sorprende descubrir que algunas no son lo que cabría esperar. Acostumbrados a sobrevivir sin muchas de las cosas que creemos imprescindibles, nos adaptamos a las imposiciones tratando de asumir la realidad con entereza, aunque a veces duela demasiado. Considero que hay más motivos justificados de los que quieren hacernos creer, causas de fuerza mayor muy personales que nadie más puede entender y que no dependen de nuestra voluntad. No siempre es fácil decidirlo y por supuesto no son las mismas para todos. Últimamente no paro de preguntarme qué haré cuando acabe la cuarentena, seguramente no sea lo mismo que todos están deseando hacer, tal vez prefiera ir poco a poco y conservar lo bueno que he descubierto aquí dentro, incorporándome a mi rutina con naturalidad para no provocar una situación incómoda o traumática que me haga añorar mi celda. Porque he de confesar que temo mucho a lo que pueda encontrarme cuando salga. No puedo evitar el miedo a que el distanciamiento no sea solo un paréntesis, a que no me echen de menos y el olvido imponga sus normas, y que cuando todo vuelva a la normalidad no haya nadie ahí afuera a quien abrazar.

miércoles, abril 01, 2020

Estos días hay momentos para todo, para el optimismo y para la desesperación, para la esperanza y el desconsuelo, para la diversión y el aburrimiento. Paso a toda velocidad de la euforia a la depresión pasando por la indiferencia. Recorro el espectro completo de estados de ánimo dieciocho veces al día, procurando no caer en ninguno de ellos de forma permanente para no quedarme estancado en la apatía. Es como si estuviera viviendo todas las emociones habituales por las que atravieso a lo largo de mi vida pero de forma acelerada, a pesar de que el ritmo de actividad se haya detenido, tal vez precisamente por eso. Cuanto menos hago más pienso, y las emociones se disparan en un continuo subir y bajar que me deja exhausto aunque no haga nada durante la mayor parte del día. Cuando llegan los problemas te das cuenta de todo lo que hiciste mal, y de repente aparecen con toda claridad ante ti las respuestas a viejas preguntas que ya no son válidas, poniendo en evidencia tus carencias más profundas. Enfrentarte a la realidad cara a cara sin subterfugios te obliga a reconocer todo aquello que te falta y admitir que casi siempre es culpa tuya, cuando ya no puedes excusarte con mentiras prestadas o distraer la atención con ocupaciones burocráticas. Y todo eso que no tienes se convierte ahora en lo más preciso, aquello que abandonaste sin pensar, lo que perdiste por descuidarlo demasiado, lo que nunca buscaste porque no echaste en falta. Si pudieras volver atrás, te dices en un juego ingenuo en un instante de debilidad, no cometerías sin duda los mismos errores de los que hoy te avergüenzas, sabrías cómo poner remedio con suma facilidad a estos tus males actuales, repararías las grietas inadvertidas por las que se escapó sin darte cuenta lo que tanto echas de menos y tu vida ahora sería más plena, más intensa, más completa. Es fácil descubrir los errores del pasado cuando conoces el resultado. Pero ahora solo te queda este lamento solitario que nadie escucha e intentar evitar que mañana tengas que arrepentirte de lo que no estás haciendo y llorar en vano por tu inmensa estupidez.