No sé por qué me empeño en volver a hacer lo que no debo, en repetir los mismos errores que me condenan a la pena y el lamento.
Buscamos una y otra vez aquello que nos hace daño.
Parece absurdo, nadie lo aprueba si lo piensa tranquilamente, pero todos lo hacemos,
como quien acerca el dedo a la llama sin ningún motivo hasta quemarse nos aproximamos al dolor peligrosamente sin saber qué buscamos con ello, quizás la ilusión de vencerlo, de domarlo momentáneamente o tal vez para siempre y que deje de provocarnos tanto daño. O quizás simplemente con la intención de sentirnos vivos, de que algo remueva nuestros sentimientos y nos rescate de la apatía
Volvemos a personas que nos hicieron sufrir en el pasado, a lugares en los que no fuimos felices, hacemos las mismas cosas cada día que tanto nos desagradan, nos empeñamos en buscar lo prohibido sin pararnos a pensar el sentido de todo eso.
A veces parece que lo logramos, creemos dominar ese dolor, al menos en parte, las heridas que nos causa son cada vez menos profundas y aquello que tanto nos molestaba deja de hacerlo, pero hasta entonces todo son lastimosos intentos reiterados en los que nos quemamos el dedo repetidamente y te quejas de tu estupidez, de tu injustificable empeño en tropezar demasiadas veces en la misma piedra, esa que volvemos a colocar en el mismo sitio para cuando volvamos a pasar.
Hasta que un día reconocemos que no podremos conseguirlo, que nunca lo venceremos, y después de muchos fracasos huimos derrotados para siempre de esa persona, ese lugar, ese deseo que amamos por encima del dolor que nos causó.
lunes, abril 28, 2003
domingo, abril 27, 2003
Sigue pasando el tiempo y parece que no hay manera de salir de aquí.
Lo llevo con resignación, aunque a veces exploto en ataques de ira o de depresión que me duran unos días para volver después a dejarme arrastrar por la absurda marea de lo cotidiano hasta que un día no sea capaz de retornar a este estado de sumisión y conformismo en que me hallo.
Hoy vuelve uno de esos ataques. Los desencadena algo sin aparente importancia pero que me hace volver sobre mí y pensar en lo que soy. Cada vez que llega uno me pregunto si será el definitivo.
Sobre la justicia de las cosas mejor no pienso, sobre su racionalidad menos, de todas formas no puedo hacer nada para luchar contra cosas que me superan.
Seguro que habré cometido errores, incluso demasiados, pero no creo que más que la mayoría y no sé por qué yo tengo que pagarlos doblemente.
No me quedan ganas de nada. Quizás algún día haga una locura, quizás la locura es vivir, no me están dejando otra salida, me empujan cada día hacia un abismo al que no caeré solo.
Me da asco todo el mundo. Me siento el ser más solo del universo. A nadie le importo. Para qué seguir insistiendo. Sólo la cobardía me salva, y el orgullo de no otorgarles una victoria tan fácil.
Sí, a veces, como en esta noche imposible en la que la impotencia desborda mi cuerpo, yo también me digo aquello de “Ojalá no hubiera nacido”.
Lo llevo con resignación, aunque a veces exploto en ataques de ira o de depresión que me duran unos días para volver después a dejarme arrastrar por la absurda marea de lo cotidiano hasta que un día no sea capaz de retornar a este estado de sumisión y conformismo en que me hallo.
Hoy vuelve uno de esos ataques. Los desencadena algo sin aparente importancia pero que me hace volver sobre mí y pensar en lo que soy. Cada vez que llega uno me pregunto si será el definitivo.
Sobre la justicia de las cosas mejor no pienso, sobre su racionalidad menos, de todas formas no puedo hacer nada para luchar contra cosas que me superan.
Seguro que habré cometido errores, incluso demasiados, pero no creo que más que la mayoría y no sé por qué yo tengo que pagarlos doblemente.
No me quedan ganas de nada. Quizás algún día haga una locura, quizás la locura es vivir, no me están dejando otra salida, me empujan cada día hacia un abismo al que no caeré solo.
Me da asco todo el mundo. Me siento el ser más solo del universo. A nadie le importo. Para qué seguir insistiendo. Sólo la cobardía me salva, y el orgullo de no otorgarles una victoria tan fácil.
Sí, a veces, como en esta noche imposible en la que la impotencia desborda mi cuerpo, yo también me digo aquello de “Ojalá no hubiera nacido”.
sábado, abril 26, 2003
La conocí en la sala de espera de la consulta del psicólogo que intenta hacerme recordar con poco éxito. Entre revistas del corazón y fugaces vistazos al diario de Patricia me contó su historia. Como yo, tampoco recordaba nada, pero la suya era más trágica que mi vulgar anécdota.
La sacaron inconsciente del agua. Estuvo a las puertas de la muerte, regresó de ella pero se dejó allí la memoria. La vieron arrojarse al río, pero las aguas bajaban tan rápidas que fue difícil rescatarla. Algo la empujó a hacer aquello intentando eliminar su dolor, acabó con éste pero no con su vida, pero ahora no puede dormir pensando qué le habría hecho tomar tal decisión y trata por todos los medios de recordar lo sucedido aunque sabe que aquello puede ocasionarle una reacción semejante.
Al principio no entendí bien su actitud, ahora que había eliminado la causa de su deseo de morir, por qué pretender volver atrás con el riesgo que ello suponía. Supongo que hay algo en lo desconocido que nos atrae eludiendo lo razonable a pesar del temor que nos ocasiona y de ser conscientes de su peligro.
Después de pensarlo un rato tuve que darle la razón, creo que yo haría lo mismo, porque a veces peor que la muerte es vivir con una duda constante que nos atormenta y oprime sin descanso.
La sacaron inconsciente del agua. Estuvo a las puertas de la muerte, regresó de ella pero se dejó allí la memoria. La vieron arrojarse al río, pero las aguas bajaban tan rápidas que fue difícil rescatarla. Algo la empujó a hacer aquello intentando eliminar su dolor, acabó con éste pero no con su vida, pero ahora no puede dormir pensando qué le habría hecho tomar tal decisión y trata por todos los medios de recordar lo sucedido aunque sabe que aquello puede ocasionarle una reacción semejante.
Al principio no entendí bien su actitud, ahora que había eliminado la causa de su deseo de morir, por qué pretender volver atrás con el riesgo que ello suponía. Supongo que hay algo en lo desconocido que nos atrae eludiendo lo razonable a pesar del temor que nos ocasiona y de ser conscientes de su peligro.
Después de pensarlo un rato tuve que darle la razón, creo que yo haría lo mismo, porque a veces peor que la muerte es vivir con una duda constante que nos atormenta y oprime sin descanso.
jueves, abril 24, 2003
Entré en esa página web en la que poniendo tu fecha de nacimiento te dicen cuándo vas a morir. Puse la mía y obtuve una fecha angustiosamente cercana. En un primer momento lo tomé como un juego macabro o una broma de mal gusto y no le di mucha importancia, pero después tuve una idea para vengarme del estúpido jueguecito. Cogí una enciclopedia reciente y me dispuse a escribir al azar la fecha de nacimiento real de algunos personajes famosos ya fallecidos. Como supuse, no hubo ningún acierto durante un rato, hasta que después de casi una decena de intentos un escalofrío me paralizó, no sé por qué extraña coincidencia el programa acertó el día, mes y año de la muerte del noveno personaje que probé. Qué probabilidad de acierto existía, ¿una entre varios miles?, ese acierto me turbó y me dio más confianza que los ocho errores anteriores. Por qué siempre creemos que va a ocurrirnos lo peor aun a pesar de que la probabilidad de que suceda sea bastante baja. Ahora me levanto cada mañana pensando que me quedan menos de dos meses de vida.
miércoles, abril 23, 2003
Ayer se me cayó el almanaque al suelo y lo volví a colocar en su sitio despreocupadamente, sin fijarme por dónde lo abría. Cuando hoy fui a trabajar me aseguraron que no me conocían. Regresé a casa confundido y comprobé que el almanaque había quedado abierto por una fecha en la que aún no había comenzado a trabajar allí. Ahora estoy sentado delante de él dudando si abrirlo por una fecha futura.
El doctor no escuchaba mis peticiones mientras se empeñaba en que tomara las pastillas para la memoria. Yo le repetía que no quería tomarlas, que no deseaba recordar nada. Me miró seriamente, sintiendo cuestionada su autoridad y me dijo “¿Y a quién le importa lo que usted quiera?” Tuve que darle la razón y seguir tomando dos comprimidos después de las comidas. Siempre que me acuerdo, claro.
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